ORIGEN Y DESARROLLO DEL CATECUMENADO 1


Desde los inicios de las comunidades cristianas en el siglo I es posible rastrear lo que serían los vestigios del Catecumenado. En el Nuevo Testamento constatamos que, antes de recibir el Bautismo, era necesario un tiempo de preparación adecuada (Cfr. Hch 2,37-39; 8,26-40), situación que se aprecia con totral claridad en el caso de Cornelio (Hch 10).

La Iglesia tuvo conciencia desde sus origenes de que, antes de abrazar la fe, se hacía necesario un serio discernimiento tanto del individuo que quería hacerse cristiano, como de la comunidad que lo acogería.

Esta situación cambió de manera radical el año 313 con la adopción del cristianismo como religión oficial del imperio en tiempos de Constantino. Una de las consecuencias de esta decisión política fue que las conversiones se multiplicaron sin tener la mayoría un verdadero y recto deseo de abrazar la fe. Esta verdadera avalancha de candidatos al Bautismo hizo extremadamente difícil para la Iglesia mantener el Catecumenado de la forma en que se había vivido hasta entonces. Se acortaron los plazos, se relajaron las exigencias y la institución catecumenal terminó convirtiéndose en algo muy distinto a lo que había sido hasta ese momento.

El cambio fundamental fue que se pasó de tener un camino o proceso previo al Bautismo a uno posterior. Es decir, primero se bautizaba y después se intentaba instruir al converso en las verdades de fe. Por otro lado, se pasó de un camino que buscaba más bien una adhesión personal a uno que intentaba enseñar la doctrina cristiana. El Catecumenado no desapareció completamente en la Iglesia, pero claramente estaba adquiriendo un nuevo sentido.

Este giro permitió que se desarrollara la doctrina sobre el Bautismo y los sacramentos en general, junto con todo el depósito de la fe que poco a poco se fue explicitando en fórmulas gracias al aporte de numerosos teólogos y Obispos que profundizaron los contenidos de la fe.

En el siglo VI nos encontramos con “catecúmenos” que preferían permanecer en ese estado pues así podían usufructuar los privilegios sociales de ser “cristianos” sin comprometerse con la vida de fidelidad que se les exigiría después de recibir el Bautismo. Comenzó a disminuir drásticamente el Bautismo de adultos, y se pasó a bautizar en mayor número a los niños. Estos y otros factores hizo que el catecumenado fuera desapareciendo de la vida de la Iglesia. Se consideró erróneamente, que el Bautismo provocaba la conversión de la persona, y se dejó de percibir la necesidad de esa conversión previa a la recepción del sacramento (Cfr. Hch 2,37-39).

Así la institución del Catecumenado prácticamente desapareció de la práctica eclesial, hasta el Concilio Vaticano II (1962-1965), que vio con lucidez que una de las maneras más concretas de revitalizar la vida de la Iglesia era restaurando la el Catecumenado. El Concilio ordenó:  

“Restáurese el catecumenado de adultos dividido en distintas etapas, cuya práctica dependerá del juicio del ordinario del lugar; de esa manera, el tiempo del catecumenado, establecido para la conveniente instrucción, podrá ser santificado con los sagrados ritos, que se celebrarán en tiempos sucesivos”. (Sacrosanctum Concilium, 64).

Pero el Concilio no sólo ordenó la restauración del Catecumenado por razones pastorales o de evangelización, sino que aportó razones teológicas que fundamentan la necesidad de volver al catecumenado. De especial interés es el decreto Ad Gentes, que dice refiriéndose al catecumenado:

“Los que han recibido de Dios, por medio de la Iglesia, la fe en Cristo, sean admitidos con ceremonias religiosas al catecumenado; que no es una mera exposición de dogmas y preceptos, sino una formación y noviciado convenientemente prolongado de la vida cristiana, en que los discípulos se unen con Cristo su Maestro. Iníciense, pues, los catecúmenos convenientemente en el misterio de la salvación, en el ejercicio de las costumbres evangélicas y en los ritos sagrados que han de celebrarse en los tiempos sucesivos, introdúzcanse en la vida de fe, de la liturgia y de la caridad del Pueblo de Dios.

Expóngase por fin, claramente, en el nuevo Código, el estado jurídico de los catecúmenos. Porque ya están vinculados a la Iglesia, ya son de la casa de Cristo y, con frecuencia, ya viven una vida de fe, de esperanza y de caridad”. AG 14 (extracto).

Así, el Concilio delinea los elementos fundamentales que constituirán la práctica catecumenal moderna:

  • En primer lugar el hecho que el catecumenado no es una mera exposición de dogmas y preceptos, sino una formación y noviciado convenientemente prolongado de la vida cristiana, en que los discípulos se unen con Cristo su Maestro. Esto va en línea con lo que anteriormente hemos visto en las raíces históricas del catecumenado, es un proceso que no busca solamente la transmisión de contenidos doctrinales, sino una adhesión (unión) con Cristo, que es a su vez, una identificación con lo que Él nos transmitió (su mensaje).

  • Los catecúmenos deben introducirse en:
  • “El misterio de la salvación” o sea el conocimiento de la acción de Dios en la historia, manifestado de manera única en la vida, muerte y resurrección del Señor. Es lo que todo proceso catecumenal debe considerar, el que en el bautismo recibirá el ser engendrado como hijo de Dios, ha de conocer quién es Dios.

    •  “En el ejercicio de las costumbres evangélicas”, esto quiere decir la vida concreta debe ser transformada por el mensaje de Dios. Es lo que el catecismo de la Iglesia Católica denomina “La Vida en Cristo”.
    •  “Los ritos sagrados”, esto es, la liturgia de la Iglesia que como cuerpo alaba a Dios y se fortalece y anima con la recepción de los sacramentos.

Finalmente, en el ánimo de restaurar la institución catecumenal, el Concilio manda introducir en el nuevo Código de Derecho Canónico el estado jurídico que adquirirán los catecúmenos de ahora en adelante en la Iglesia. Los catecúmenos “ya son de la casa de Cristo” y muchos de ellos “ya viven una vida de fe, de esperanza y de caridad”. Por lo que el vínculo con la Iglesia, a pesar de no ser pleno, formalmente es reconocido de una manera explícita por parte de la misma.2

“Los catecúmenos que, movidos por el Espíritu Santo,
solicitan con voluntad expresa ser incorporados a la Iglesia,
por este mismo deseo ya están vinculados a ella,
y la madre Iglesia los abraza en amor y solicitud como suyos”.

(LG 14)

1 Material elaborado por el Instituto Pastoral Apóstol Santiago para la difusión del Programa de Iniciación Cristiana de Adultos “El Señor nos llama a vivir con Él”. Disponible en www.inpas.cl/catecumenado.

2 CIC 788.2