¿En quién creemos?

1. Me sedujiste... y me dejé seducir (1)

Toda historia de amor sabe de mirarse, de buscarse, de desearse; de “mariposas” en la barriga, de gustos compartidos, de amistad y complicidad, de amor y ternura, de querer compartir la vida, como dice el poeta, llenándola de razones para respirar(2)... De vez en cuando ocurre que al conocernos quedemos recíprocamente “flechados”, pero es más usual que uno de el primer paso, busque al otro, lo corteje con su mejor ingenio, lo busque y le exprese paulatinamente su admiración, gusto, cariño, compromiso y amor...

La aventura cristiana es también una historia de amor. Sus inicios están dado por un encuentro entre dos personas. Una de ellas sale en búsqueda de la otra porque la quiere. La llama, se comunica, insiste, pareciera que su gozo depende de que la otra vuelva su mirada y acepte la propuesta amorosa(3). La otra persona es capaz de oírla, intuir su presencia, notar que la buscan y, si quiere, responder acogiendo o decidir alejarse. Es el encuentro entre Dios y nosotros. Es el inicio de la fe, si la amistad prospera.

Por eso, lo primero que los cristianos confesamos es que creemos en alguien, en una persona que nos ha buscado antes de que lo imagináramos, que nos ha seducido con toda clase de amorosas estrategias. Es el propio Dios que ha venido tras nosotros, a veces dolientes y perdidos, otras esperanzados y gozosos(4). Aparecida recogió así esta buena noticia:

No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea,
sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona,
 que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello,
 una orientación decisiva”.(5)

La experiencia original del cristianismo es que tiene por Dios a una persona que por amor nos tomó por el centro de la propia vida, por nuestra profunda raíz interior, por lo mejor de nosotros mismos... Alguien que siendo nuestro Señor, es nuestro mejor amigo(6).

2. Creo en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo

Uno de los primeros pasajes de la Biblia en ponerse por escrito, hacia el año 1000 antes de Cristo, recoge el canto alegre de una mujer llamada Miriam. Ella, pandero en mano y bailando junto a otras mujeres, cantó así:

“Canten al Señor, que se ha cubierto de gloria;
carros y caballos ha arrojado en el mar”. (Ex 15,21)

El pasaje deja ver la primera experiencia de Dios que tuvo el pueblo de Israel: aquel que lo liberó de la amargura y esclavitud de Egipto. Miriam celebra junto a otras mujeres al Dios de la salvación; el pueblo creyó en Yahvé porque Él es el Dios vivo (cfr. Dt 5,26). “De este Dios –que es su Padre– Jesús afirmará que no es un Dios de muertos, sino de vivos” (Mc 12,27)(7).

La experiencia sagrada inherente al cristianismo tiene que ver con un acontecimiento salvador: Dios sale de sí para llamarnos a participar de su vida y en esta manifestación de amor se nos revela como un Padre que crea todas las cosas y las mantiene en la existencia; como Hijo que, en virtud de la resurrección, abre para nosotros el camino a la vida plena y como Espíritu Santo, vínculo de amor entre el Padre y el Hijo y quién realiza en nosotros esta obra de salvación. Como afirma la enseñanza de la Iglesia: un solo Dios, tres personas. A esta experiencia trinitaria y salvadora es a la que la persona responde primero con el acto de fe y luego con la profesión de fe.

Esta experiencia, por tener su origen en el amor desbordante de Dios, es capaz de suscitar un acto de fe igualmente amoroso. En este sentido podríamos afirmar, siguiendo a Mt 25, que sólo el amor salva y ese amor se expresa en el querer de Dios de que todas las personas vivan plenamente y se salven y en la respuesta de los creyentes que aman a Dios y al prójimo.

Por ello, cuando fuimos bautizados el sacerdote nos hizo las siguientes preguntas:

  • ¿Crees en Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra?
  • ¿Crees en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que nació de Santa María Virgen, murió, fue sepultado, resucitó de entre los muertos y está sentado a la derecha del Padre?
  • ¿Crees en el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia Católica, en la comunión de los santos, en el perdón de los pecados, en la resurrección de los muertos y en la vida eterna?

 

Nosotros (o nuestros padres por nosotros) respondimos: ¡Sí, creemos!

En estas formulaciones se resume, como si fuera el poema que canta el amor de los enamorados, el conjunto de lo que creemos. El papa Benedicto XVI lo expresó así en Porta Fidei como una invitación para el Año de la Fe:

“Profesar la fe en la Trinidad –Padre, Hijo y Espíritu Santo–
equivale a creer en un solo Dios que es Amor (cfr. 1 Jn 4,8):
el Padre, que en la plenitud de los tiempos envió a su Hijo para nuestra salvación;
Jesucristo, que en el misterio de su muerte y resurrección redimió al mundo;
el Espíritu Santo, que guía a la Iglesia a través de los siglos
en la espera del retorno glorioso del Señor”(8).

3. Creo en la Iglesia

Por último, la fe no es un asunto puramente individual, el resultado de una reflexión personal solitaria. Hemos visto que en la trastienda está la relación de amistad entre Dios y nosotros, cuyo primer fruto es, precisamente, el movimiento que nos ayuda a salir de nuestro “yo” para descubrirnos unidos a Dios y al conjunto de hombres y mujeres que han hecho la misma aventura.

Hemos sido invitados a la fe y educados en ella por la comunidad de creyentes que es la Iglesia. Esta comunidad fraterna hunde sus raíces en el mismo amor de Dios “que en sí mismo es comunión del Padre, del hijo y del Espíritu Santo”(9).

“Nuestra fe es verdaderamente personal sólo si es también comunitaria:
puede ser mi fe sólo si se vive y se mueve en el «nosotros» de la Iglesia,
sólo si es nuestra fe, la fe común de la única Iglesia”(10).

Creemos en la Iglesia que fue fundada por Jesús y que recibió del Espíritu Santo en Pentecostés (Cfr. Hch 2,1-13) la fuerza para llevar a cabo su misión: anunciar la buena noticia del Reino de Dios en todos los confines de la tierra. Profesamos la fe en la Iglesia santificada por el Espíritu Santo; “Pueblo de Dios fundado sobre la nueva alianza gracias a la sangre de Cristo y cuyos miembros no pertenecen a un grupo social o étnico particular, sino que son hombres y mujeres procedentes de toda nación y cultura”(11); ella es el lugar de la fe, la esperanza y el amor, concreción del deseo de Dios de “santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados, sin conexión entre sí, sino hacer de ellos un pueblo para que le conociera de verdad y le sirviera con una vida santa”(12).

La profesión de fe en Dios y su vivencia en la Iglesia nos convierte en un punto de referencia para el mundo. Somos santos, no porque tengamos necesariamente las cualidades para serlo, sino porque, por la obra del Espíritu Santo en nosotros, estamos “en contacto con la persona y el mensaje de Jesús, que revela en rostro del Dios viviente”(13) y por ello procuramos hacer nuestros los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y excluidos(14).

Así, el reconocimiento de la vida misma con sus múltiples vicisitudes como un lugar en el que todas las personas pueden encontrarse con el Dios de la Vida, que sigue llamando, buscando, insistiendo, seduciendo, supone una invitación permanente para reconocer la acción de Dios en todos los espacios y a ponerse en camino para encontrar a Aquel que no buscaríamos si no hubiera ya venido. “La fe nos invita y nos abre totalmente a este encuentro” (PF, 10).

 

Marcelo Alarcón A.
Secretario Ejecutivo Área de Formación
Instituto Pastoral Apóstol Santiago

1. La referencia está tomada del libro del profeta Jeremías 20,7.
2. Mario Benedetti, “Yo no te pido”.
3. Cfr. San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 4, 20, 7.
4. Cfr. DA, 242.
5. Benedicto XVI. Deus caritas est, 12. Citado en Aparecida 243.
6. Esteban Gumucio, sscc. “Sigo a un hombre llamado Jesús”.
7. DA, 129.
8. Benedicto XVI. Porta Fidei, 1.
9. Benedicto XVI, Audiencia general, Plaza de San Pedro Miércoles 31 de octubre de 2012. “El Año de la fe. La fe de la Iglesia”.
10. Ibíd.
11. Ibíd.
12.  LG, 9.
13. Benedicto XVI, op. cit.
14. Cfr. GS, 1.