¿Qué es la fe?

Nuestra Iglesia de Santiago nos ha invitado, en el Año de la Fe, a profundizar y renovarnos en este bello Don de Dios. Urge que, como Pueblo de Dios, todos y todas, tanto obispos, vicarios, sacerdotes, diáconos permanentes, religiosas y religiosos, agentes pastorales y todo bautizado, entremos en esta invitación del Espíritu Santo de renovar nuestra fe desde dentro, mirando con esperanza y claridad el contexto actual que nos desafía a ser más creíbles, dando testimonio de nuestra fe en el mundo y en la Iglesia.

Pero, ¿qué significa profundizar y renovarnos en la Fe? ¿Será acaso sólo adoctrinar, estudiar el Catecismo, participar en diversas instancias donde se reflexiona la fe y que, en muchas ocasiones, nos quedemos sólo en el plano de las ideas, de lo cognitivo, sin manifestar una experiencia concreta de encuentro con el Resucitado? Es necesario favorecer el encuentro personal con Jesucristo que nos lleve a tener una profunda experiencia de Dios y una nueva compresión del sentido de la vida, que transforme nuestra manera de relacionarnos y de comprendernos como seres humanos, como personas.

Antes que cualquier reflexión, expresar que nuestra Fe Cristiana se caracteriza por un binomio inseparable: lo testimonial y lo relacional. En primer lugar, nos abrimos a la fe por el testimonio de otros, desde lo que otro me revela con su propia vida del amor de Dios. Desde los discípulos de Jesús que creyeron en Él y se dejaron seducir por su estilo de vida fortalecidos por el Espíritu que el Resucitado les envió; hasta el testimonio cotidiano de nuestra familia, padres, abuelos, hermanos, así como el testimonio concreto y humilde de tantos creyentes, hombres y mujeres que silenciosamente viven su fe y que, sin muchas palabras, nos trasmiten su adhesión a Jesús en su manera de vivir.

De ahí que nuestra fe se fundamente en el testimonio de otras personas que nos anuncian la buena noticia de una Persona que ha transformado sus vidas.

La segunda característica, que está muy vinculada a la anterior, es lo relacional. Creemos en Alguien (con mayúscula) y le creemos a alguien; nuestra fe no es a algo, a una cosa o a una idea, sino a una persona, a la Persona de Jesucristo, y a otras personas que también le han creído a Él. Por ello, nuestra fe no es sólo racional o un compendio de doctrina que hay que saber y conocer, sino también relacional, pues me relaciono con un Dios en tres personas distintas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Comunidad de Vida y Amor.

Nuestra Fe implica una relación íntima con Dios Padre que me hace hijo, con Dios Hijo que me hace hermano y con Dios Espíritu Santo que realiza esta obra de salvación, de filiación y fraternidad, viviendo en nosotros. Por lo tanto, la fe cristiana está fundamentada por el testimonio que otros nos han dado de su encuentro con un Dios Vivo que se ha querido revelar y relacionar con nosotros y revelarse en la persona de Jesucristo, para regalarnos su Vida y hacernos su familia.

Esta manera de comprender la Fe está presente a lo largo de todo el Nuevo Testamento sobre todo en los Evangelios. Un ejemplo de ello es Jn 1,35-55; como un efecto en cadena nos narra cómo se transmite nuestra fe, empezando por Juan el Bautista que le presenta a Jesús como el “Cordero de Dios” a Andrés y luego éste, a Simón. Y más adelante Jesús llama a Felipe y éste lo lleva donde Natanael. Queda claro que nuestra fe pasa por el encuentro con Jesús y esto, necesariamente se traduce en que debemos comunicar esta buena noticia a otros, de manera que ellos también vivan esta experiencia relacional. De manera que la experiencia creyente se realiza a partir de un doble ejercicio: de recibir y de dar. Este encuentro con Jesucristo es tan abarcante que no queda otra opción que compartirlo, pero no por obligación, mandato misionero o estrategia pastoral, sino sólo por la gratitud de haberse encontrado con el tesoro más precioso que Dios nos ha regalo, Jesucristo nuestro Señor, y de querer entregar este regalo a otras hermanas y hermanos. 

En conclusión, el testimonio de otros nos abre la posibilidad de encontrarnos con Jesucristo y de renovar y profundizar nuestra fe, porque tal como Benedicto XVI lo plantea en Deus Caritas Est: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (12).

Comprendiendo así la fe, desde este binomio de lo testimonial y lo relacional, se nos abren otras perspectivas para renovarnos y seguir profundizando nuestra fe. Necesitamos buscar a Dios en la vida, en las historias cotidianas y reconciliarnos para no vivir una dicotomía entre la fe y la vida, entre lo sagrado y lo profano. Como bautizados, Pueblo de Dios, no podemos olvidar que cuando nuestra fe se convierte sólo en una idea, en unos ritos o en unas normas, corremos el peligro de construir buenos discursos doctrinales, celebraciones sin contenido de fe, o volver nuestras normas en leyes regidas sin espíritu; de tal manera, que todo esto no tenga nada que ver con los procesos vitales personales y sociales, que se tejen en las relaciones, en las estructuras sociales y en los procesos de humanización que necesitamos seguir favoreciendo.

En este sentido, cuando decimos que nuestra fe es relacional, se nos abren infinitas posibilidades de relación que necesitan ser abordadas, cuidadas y transformadas, tanto en la familia, la pareja, en el ámbito de lo laboral y eclesial, así como en la convivencia entre vecinos, como ciudadanos… que favorezcan otras compresiones de lo humano, más allá de lo funcional y económico. Nuestra relación profunda e íntima con el Dios trino no se puede quedar sin repercutir en nuestras relaciones cotidianas y procesos vitales. El acontecimiento de la Encarnación de Jesucristo es la clara expresión de estos procesos de reconciliación de nuestros dualismos y escisiones que separan nuestra vida de la fe y viceversa. Fue Él quien nos abrió un nuevo horizonte de compresión y sentido de vida y, por supuesto, de relación con Dios y con los demás que Él lo sintetizó en la expresión Reino de Dios.

Finalmente, profundizar y renovarnos en la Fe tiene que pasar por nuestras relaciones y testimonio, de manera que todos al vernos digan: ¡vean como se aman! (Parafraseando a Tertuliano). Y así otros puedan encontrarse con Jesucristo, creer en Él y tener Vida en abundancia.

Enrique Pérez Cruz, MSpS