EL PAPADO: ORIGEN, ROL Y MISIÓN DENTRO DE LA IGLESIA CATÓLICA


1.1 Sentido del papado según su origen neotestamentario(1)

a) Jn 1, 40-42 Pedro como discípulo

"Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús. Este se encuentra primeramente con su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías» - que quiere decir, Cristo. Y le llevó donde Jesús. Jesús, fijando su mirada en él, le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas» - que quiere decir, "Piedra".”

Este texto, revela el primer encuentro con los que se transformarán en los discípulos de Jesús. Uno de ellos era Andrés, que invita a su hermano a encontrarse con Jesús. El papa o Pedro, no fue el primero que se encontró con Jesús y no fue el primer en comprender quién era Jesús, sino que fueron otros, quienes lo invitaron a tener una experiencia con Jesús. Aquel ‘otro’, fue quien le dio una clave para entender quién era Jesús “Hemos encontrado al Mesías”.
Esto transforma la figura del papa en antes que nada un discípulo de Jesús. Alguien que tiene experiencia del Señor. No podemos entender la figura del papa sino en cuanto primero que nada es un discípulo cuya experiencia de Jesús ha sido mediatizada por otros creyentes. Antes que nada somos hermanos en nuestra condición de discípulos de Jesús, la cual fue mediada por otros quienes nos presentaron al Cristo.

b) Mt 16, 13-19 Pedro como referente para construir Iglesia

"Llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?» Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas.» Díceles él: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.» Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.»”
El texto de Mateo ya citado, nos retrotrae a un escenario distinto. Jesús, cuando comenzó su predicación en Galilea, causó una impresión gigante en muchas personas, por predicar la llegada del Reino, por mostrar el rostro de Dios como un Padre amoroso y misericordioso, por realizar signos milagrosos, entre otras acciones.

Pero seguir a Jesús implicaba compromiso y hubo gente que comenzó a abandonar el círculo de discípulos. De ahí viene la pregunta de Jesús. Cuando Pedro le responde, Jesús lo confirma, pero Pedro no lo ha sabido por un ejercicio intelectual o porque llegó a esa conclusión, sino porque se lo reveló el Padre. Le da la misión de ser piedra de la Iglesia. Eso fue una apuesta para Jesús, ya que Pedro era una persona frágil, que después lo niega.
Con todo, le concede un rol estructurante, que puede ser comprendido de distinta formas en la historia, pero que es fundamental. Por ello, es el referente a partir del cual construimos Iglesia. No simplemente como autoridad, sino como referente con el cual me confronto y construyo comunidad. Me interpela. Por eso, no es simplemente un rol dentro de una mecánica organizacional. No es quien manda y todos ordenan. Sino que es alguien que nos convoca y nos comunica algo muy importante.

c) Lc 22, 31 Pedro quien confirma nuestra fe

"«¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos.» Él dijo: «Señor, estoy dispuesto a ir contigo hasta la cárcel y la muerte.» Pero él dijo: «Te digo, Pedro: No cantará hoy el gallo antes que hayas negado tres veces que me conoces.»"
Aquí se presenta una gran contradicción. Porque por un lado Pedro niega a Jesús, y por otro, se habla de confirmar la fe de sus hermanos, ya que todos tenemos dudas y preguntas. Para ellos, Jesús reza por él. De ahí que el papa debe venir a confirmar nuestra fe como discípulos que damos testimonio en Chile. El vendrá a fortalecer, consolar y nutrirla. Aun así, Pedro es ambiguo (pues lo niega) y Jesús no se escandaliza con ello pues conoce la debilidad de nuestra fe.

d) Jn 21, 15-18 Pedro apacienta la Iglesia desde el amor

"Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis corderos.» Vuelve a decirle por segunda vez: «Simón de Juan, ¿me amas?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas.» Le dice por tercera vez: «Simón de Juan, ¿me quieres?» Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: «¿Me quieres?» y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas. «En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras.» "Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme.»"
El griego hace la diferencia entre amar y querer (agapao y fileo). Expresa una diferencia. Amar es gratuidad y entrega absoluta. El querer es más bien reciprocidad, también tiene un valor pero destaca la reciprocidad. Al preguntar Jesús si le amaba, Pedro respondía que lo quería. Al preguntar por tercera vez, Pedro se da cuenta y se entristece, pues no sabe expresar la voluntad de seguimiento y entrega.
En consecuencia, la labor del papa de apacentar surge solo como entrega generosa y gratuita. Debe surgir por una experiencia de amor profundo a Dios. Cuando él se da cuenta que es el amor realmente lo que lo mueve, es cuando se transforma realmente en discípulo de Jesús, ahí puede seguirlo.


1.2 El origen del papa desde la historia

Hablar sobre el papado es siempre una tarea ardua debido al gran desarrollo histórico que tiene y los múltiples detalles con los que, a través de los siglos, miles de cronistas e historiadores nos han ido narrando las decisiones, aciertos y desaciertos con los que el Obispo de Roma ha marcado la vida del mundo cristiano.
Sin embargo, la pretensión de este texto es menos extensa, pero mucho más profunda, pues busca que, más que conocer la historia in extenso del papado, comprendamos el origen, rol y misión del Papa en la vida de la Iglesia Católica; conociendo, profundizando y valorando el fundamento teológico y eclesiológico que sostiene el papado.

La gran pregunta que subyace siempre al tema del papado es sobre cómo llegamos a afirmar que el Papa es el sucesor de San Pedro y cuál es el rol que Jesús le encargó a este último. Para responder a esa cuestión, nos haremos tres preguntas que nos ayudarán a entender la teología del papado desde la figura de San Pedro:

  • ¿Cuáles son las funciones y poderes particulares que concedió Jesús a San Pedro y por qué?
  • Estas funciones concedidas por Jesús a Pedro ¿eran personales o, por el contrario, estaban destinados a ser heredados por alguien que le sucediese?
  • ¿Cómo ejerce actualmente el Papado dichas funciones y poderes particulares?

a) Jesús concede a Pedro una misión especial

Leyendo los Evangelios se testifica que Pedro destaca en la vida pública de Jesús y sobresale de continuo entre los demás Apóstoles. En las listas apostólicas, Pedro ocupa siempre el primer lugar, siendo designado concretamente de esta manera: “El primero, Simón, llamado Pedro” sin que al nombre de los restantes apóstoles preceda ningún numero ordinal.  En efecto, el nombre de Pedro es el más mencionado en el Nuevo Testamento, en conjunto se le nombre 154 veces, frente a 7 veces que se le cita a Santiago, que tanto influjo ejerció y fue tan querido en la comunidad madre de Jerusalén (Hch 15,13).

El pescador de Betsaida muestra una preeminencia sobre los otros discípulos y así lo podemos ver en múltiples ocasiones en la vida pública de Jesús. Pedro le hace continuas preguntas al Maestro: “¿Cuántas veces he de perdonar mi hermano si peca contra mí?” (Mt 18,21); le pide que les explique el sentido de las parábolas (Mt 15,15; Lc 12, 28); trata de disuadirle cuando les da la noticia de su futuro pasión y muerte (Mt 16,22); él toma la palabra durante la transfiguración (Mt 17,4; Mc 9,5); y sobre todo, le responde cuando Jesús les pregunta sobre lo que la gente piensa de Él. En esta ocasión, Pedro hace la profesión en la fe en su mesianidad y divinidad (Mt 16,16-18), etc.

Será también él quien primero penetre en el sepulcro vacío después de la Resurrección; e, igualmente, quien reciba de parte de Jesús el encargo de apacentar las ovejas después que, por tres veces, tuviera que asegurarle su total entrega de amor (Jn 20, 3-10; 21,15-17). Inmediatamente después de la Ascensión vemos cómo el apóstol Pedro sugiere cubrir el puesto dejado vacante por Judas (Hch 1, 15-23); y en el día de Pentecostés predica a Jesucristo convirtiendo tres mil personas (Hch 2, 14-41).  Al conferir el bautismo al centurión Cornelio hará que el cristianismo dé su primer paso hacia los no hebreos (Hch 10,1-48).

También los evangelistas subrayan las expresiones en las que se menciona a San Pedro: “Y tomando la palabra Pedro, dijo…” (Mt 26,32; Mc 11,21; Jn 6,68, etc.). Asimismo, los evangelistas lo destacan frente al resto del grupo de los Apóstoles. Así, por ejemplo, se repiten algunas expresiones tales como “Simón y los que estaban con él” (Mc 1, 36); “Pedro y los que le acompañaban” (Lc 8,45); “Pedro y sus compañeros” (Lc 9,33); los ángeles dicen a las mujeres: “Id a decir a sus discípulos y a Pedro…” (Mc 16,7).  Esta importancia de Pedro es reconocida por otros. Así, por ejemplo, los encargados de cobrar el tributo se dirigen a Pedro en demanda del pago del didracma del Maestro (Mt 17,24).

Ahora bien, estos hechos muestran solamente que Pedro se destaca en la vida pública de Jesús; con todo, el tema no es si Pedro destaca, sino si Jesús le distingue y le confiere algún lugar especial dentro de su misión. Pues bien, a este respecto, los Evangelios aportan abundantes datos.  Entre otros, cabe citar los tres encargos siguientes:

  • Ser el fundamento de la Iglesia: desde su primer encuentro, Jesús le cambia de nombre: al nombre de sangre, Simón, le añade el sobrenombre de “Pedro” (Kefa, forma origen aramea y helenizada, Kephâs), que significa piedra (Jn 1,42). La Biblia es abundante en ejemplos de cómo Dios cambia de nombre a las personas para señalar con ello un encargo especial que les confía. Es el caso, por ejemplo, de Abrahán (Gén 17,5) y de Jacob (Éx 32, 29), entre otros.

El evangelio de san Mateo, más tarde, explica el enigma, pues le da una reinterpretación: piedra se convierte en roca. Simón es la roca sobre la que Jesús edificará su Iglesia (Mt 16,18). Jesús deja, pues, patente que Pedro será el fundamento de la Iglesia. Vale decir, será quien anime en la fe a la Iglesia como Pueblo de Dios. A partir de entonces, tanto los Evangelios como los demás libros del Nuevo Testamento le nombran o bien con el nombre original de “Simón” o le añaden el del oficio, “Simón Pedro” o, simplemente, le llaman “Pedro”, con evidente referencia al nuevo encargo recibido por Cristo con el cambio de nombre.

En esta ocasión, a la promesa de que será la roca sobre la que se asentará la Iglesia, Jesús añade otras tareas especiales. En concreto, le entrega “las llaves del reino de los cielos” (Mt 16,19).  Detrás de esto, se encuentra presente el simbolismo que las llaves tenían cuando las ciudades esteban amuralladas, y de estas llaves de las puertas disponía solo la autoridad de la ciudad. Pues bien, Jesús promete darle a Pedro las llaves de la Iglesia. También le prometió la capacidad de “atar y desatar”, que, en lenguaje rabínico, significa declarar permitido o prohibido, lo que, a partir del siglo XV, se denomina la “potestad de jurisdicción”. El Papa Benedicto XVI interpreta este doble encargo como:

«Las dos imágenes –la de las llaves y la de atar y desatar– expresan significados similares y se refuerzan mutualmente.  La expresión “atar y desatar” forma parte del lenguaje rabínico y alude por un lado a las decisiones doctrinales, por otro al poder disciplinar, es decir a la facultad de aplicar y de levantar la excomunión.  El paralelismo “en la tierra… en los cielos” garantiza que las decisiones de Pedro en el ejercicio de su función eclesial también son válidas ante Dios» (Benedicto XVI, Homilía 29-6-2012)

  • Confirmar en la fe a los demás apóstoles: Jesús, en la última cena, predice a Pedro sus negaciones; pero, seguidamente, le ordena: “una vez convertido, confirma a tus hermanos en la fe” (Lc 22,32-33). Este especial encargo ha sido visto por la teología como la misión de enseñanza cualificada que corresponde a Pedro respecto a los demás Apóstoles. 

Se ha valorado este encargo, en ocasiones, por encima de las promesas contenidas en Mt 16,16-18, dado que, si allí se usa la figura de la construcción, en este, el primado de Pedro sobre los Apóstoles se sitúa en el ámbito de acompañarlos y confirmarlos en la fe.

  • La misión de ser pastor de la Iglesia universal: Después de la resurrección, cuando Jesús por tres veces examina a Pedro sobre el amor que le tiene –en contraste a la triple negación–, Jesús le confiere lo prometido repitiendo otras tres veces: “apacienta mi rebaño” (Jn 21, 15-17). 

Es frecuente en la Biblia y en la literatura profana de aquella cultura rural, la imagen del pastor y del rebaño. En Oriente, a los reyes se le denominaba “pastores de su pueblo”.  En el Antiguo Testamento, Dios mismo se figura como el pastor de su pueblo (Is 40, 11; Jer 31,10). Como pastor guía y desarrolla la consciencia de su pueblo. Y en el Nuevo Testamento, Jesús se presenta bajo la figura del buen pastor que dirige y da su vida por las ovejas (Jn 10, 1-6). Con esta imagen, el Señor señala, con la claridad de la metáfora tres veces repetida, que Pedro será el buen pastor de la naciente Iglesia.

Estos testimonios, bajo símbolos diversos y desde perspectivas distintas, muestran abiertamente que Jesús distinguió a Pedro, concediéndole unas tareas muy cualificadas con relación a las demás Apóstoles y al futuro de la Iglesia. Ni a Juan, el “discípulo amado” (Jn 13,23; 21,20); ni a Santiago, a quien también distingue (Mt 25,37; Mc 9,2; Lc 9,28), concede funciones especiales ni de presente ni de futuro.

b) San Pedro desempeña estas funciones y, como tal, es considerado por las primeras comunidades

Los Hechos de los Apóstoles muestran que, una vez que Cristo asciende a los cielos, emerge la figura de Pedro, el cual se presenta en su papel de cabeza del colegio de los Doce. He aquí algunos datos que lo muestra:

  • Antes de la venida del Espíritu Santo, ya Pedro había tomado la iniciativa de elegir al sucesor de Judas; él mismo dirige la elección y pone las condiciones que ha de tener el candidato (Hch 1,13). Después de Pentecostés, Pedro es el primero que explica a la multitud el hecho de la venida del Espíritu Santo, al tiempo que da el primer testimonio público del mensaje y de la divinidad de Jesús (Hch 2,14-36). Asimismo, es el primero que expone a los jefes del pueblo la novedad de la persona salvadora de Jesucristo, el Mesías (Hch 4,8-11). 
  • Pedro también es el primero que recibe en la comunidad y administra el bautismo al pagano Cornelio y a su familia (Hch 10,1-48), y es el que, ante las primeras dificultades que surgen con el bautismo de los no judíos, dictamina la solución: “Se levantó Pedro y les dijo…” Esta presidencia de Pedro en el denominado “concilio de Jerusalén” y su discurso marcó las vías de solución para la decisión final en orden a las cuestiones debatidas sobre la incorporación de la gentilidad al cristianismo (Hch 15,6-31).
  • El reconocimiento de la preeminencia de Pedro por parte de las primeras comunidades se deja notar en otros muchos casos. Por ejemplo, se repiten expresiones tales como “Pedro y los demás apóstoles” (Hch 2,37; 5,29); “Pedro y los once” (Hch 2,14); los primeros castigos impuestos son dictaminados por Pedro (Hch 5,1-11); también los primeros milagros que llevan a cabo son los realizados por él. A este respecto, es preciso hacer anotar cómo existe un cierto empeño en describir la vida de Pedro en relación a Jesús, pues como el Maestro, Pedro sana al paralítico (Hch 3,5-9); el relato de la curación del otro paralítico en Lida (Hch 9,32-35) y de la resurrección de Tabita en Joppe (Hch 9,40-43). 

 

Otros textos que se refieren a esto son: Pedro sana enfermos y atormentados (Hch 5,14-16); se le consulta sobre cómo actuar con los gentiles incorporados (Hch 15,7); el bautismo a los primeros paganos (Hch 15,14); Pablo se dirige a conocer a Cefas (Gál 1,18); primera aparición de Jesús a Cefas y luego a los Doce (1 Cor 15,5); privilegio a Cefas sobre los demás Apóstoles (1 Cor 1,12; 3,22; 9,5). Cabe señalar que en los escritos paulinos nunca se le denomina “Simón”, sino que se le aplica siempre el nombre de su oficio, “Cefas” o “Pedro”.

La fama de san Pedro, aun después de su muerte, se hace notar en la amplia bibliografía apócrifa que motivó. Se conocen los siguientes escritos: Evangelio de Pedro; Hechos de Pedro; Apocalipsis de Pedro y la Carta de Pedro que se recoge en las Pseudoclementinas.

c) Los oficios encargados por Jesús a Pedro no eran exclusivos de su persona, sino que estaban destinados a perpetuarse después de su muerte

Es evidente que no se dispone de testimonio alguno en el Nuevo Testamento acerca de si las funciones y poderes concedidos a Pedro debían ser transmitidos a otros o finalizaban con su muerte.  Con todo, dado el sentido y la finalidad de tales funciones conllevan, ellas demandan una permanencia, las cuales responden a la estructura misma de la Iglesia.

En efecto, si la sucesión apostólica fue necesaria para que los obispos prolongasen la misión de los Apóstoles, con más razón los ministerios encargados a Pedro demandan que se sigan ejerciendo.  Es más, si se piensa en la naturaleza de tales encargos, se concluye que superan una época determinada pues responden a las necesidades permanentes de la Iglesia de todos los tiempos. En concreto, ser fundamento de la Iglesia, la misión de enseñar con autoridad y la dirección o pastoreo universal son necesidades permanentes y no ocasionales de un tiempo determinado.

Ahora bien, la gran pregunta que podemos hacernos es ¿quién ostenta el título de sucesor de los privilegios petrinos?

d) El sucesor de Pedro es el Obispo de Roma

El papado constituye una figura y un hecho único en la experiencia histórica religiosa universal, dado que en él se actualiza completamente un vínculo entre institución y religión que no tiene ningún parangón en magnitud en ninguna comunidad religiosa. En efecto, ni el Dalai Lama, en el budismo tibetano, ni el califa en el Islam, poseen el mismo relieve en función de constituir una unidad supranacional. Por ello, este tema reclama una contextualización histórica.

  • Distinguir en el primer y segundo milenio(2)

Hay distintas comprensiones del papa y de la Iglesia. En el s. I existía el primado del obispo de Roma y era reconocido, pero no existía jurisdicción universal del papa. El obispo de Roma no intervenía en la jurisdicción de otras Iglesias, a menos que lo llamaran a ser juez, como de hecho ocurría algunas veces. Para garantizar la apostolicidad de la Iglesia, los obispos refirieron su ministerio al de los apóstoles, se comprendieron como sucesores de su herencia y misión.

Tan solo a partir del s. III, los obispos de Roma comenzaron a vincular su autoridad peculiar, a la que procede de Pedro, lo que se cristalizaría en el s. V con el papa León Magno. Allí, el obispo de Roma no sería comprendido solo como un sucesor, sino además como representante de Pedro, es decir, vicario de Pedro. Y así, progresivamente devino el primero entre sus pares, autoridad que sería reforzada por el modelo político de la antigua Roma. Esta comprensión se instaló durante todo el primer milenio. La tarea fundamental era conservar la tradición, restaurar el orden de la Iglesia cuando era dañado, etc.
En el segundo milenio hay un cambio, aconteció una transformación muy onda. Hay muchas causas: la concepción monárquica del papa se vio favorecida por el sisma entre oriente y occidente en 1054, además del rol político que asumió el papado en occidente, lo que redundó en el fortalecimiento de su lugar intraeclesial (la figura por sobre el resto de la membresía).

Otra causa es la lucha por la separación entre el trono y el altar; entre iglesia, obispos y los príncipes. A partir de ahí, el papado adquiere el símbolo de la tiara, refiriendo a una potestad plena.

Una tercera causa sería el surgimiento de las órdenes mendicantes, sujetas a la autoridad del papa, fuera del control de los obispos locales. A ello se suma el surgimiento del colegio de cardenales, que le restó cierta importancia teológica a la colegialidad del episcopado. Todo concluye en la imagen monárquica del papado con Gregorio VII e Inocencio III, y se pasó de la denominación de “vicario del Pedro” a la de “único vicario de Cristo”, por tanto, cabeza de la Iglesia visible.

  • El tiempo previo al Concilio del Vaticano II y lo que el concilio aportó en este desarrollo de la comprensión del rol del papado(3)

En tiempos del Concilio Vaticano II, el papado se entiende con más cercanía al mundo y a sus problemas. Materializa la misión de confirmar a sus hermanos en la fe, pero también ha concentrado todas las expectativas de la Iglesia en la figura del papa. El Concilio Vaticano II equilibró ciertas unilateralidades y asoció de nuevo, con más fuerza, el ministerio del Pedro al conjunto de la Iglesia. Esto está íntimamente vinculado a la comprensión de Iglesia como comunión y al diálogo abierto con la cultura y la sociedad moderna. “Una Iglesia en las iglesias”, “Iglesia una y universal”, imágenes como “Pueblo de Dios”, “Cuerpo de Cristo”, junto a sus concreciones locales: la iglesia de Corinto, de Roma, la iglesia de Chile.

Dicho todo esto, podemos decir que la teología del papado nunca va a estar cerrada, se sigue escribiendo. Porque la comprensión del papado siempre se corresponderá a la imagen de Iglesia que sostenga esa comprensión. Y la teología de la iglesia cambia, conforme a la autocomprensión de las comunidades eclesiales en el tiempo, que es siempre cambiante. Si cambia el tiempo, la autocomprensión eclesial necesariamente va a cambiar, y esa eclesiología de fondo es la que sustenta una determinada imagen de papado. Esas prácticas son oídas para luego fraguar doctrina. Por ello, los conceptos con los cuales se describe la función del papa derivan de nuestro propio ambiente cultural e histórico. Por ejemplo, el modelo de los monarcas absolutos fue de hecho una modernización del papado, una adecuación a la situación política que existía en ese entonces, cuando el sistema feudal fue reemplazado por el absolutismo.

El Magisterio contiene enseñanzas que también son importantes de señalar y que dicen relación con la primacía del obispo de Roma: el Papa Julio I recuerda la instancia última de la Sede Romana para dictaminar algunas cuestiones que acontecen en otras diócesis (341); el reconocimiento de la “cátedra de Pedro” y la “Iglesia principal” por Cipriano; el testimonio sobre la Primacía del Papa, públicamente reconocido y solemnemente proclamado por los Padres en el concilio de Calcedonia (451) quienes con convicción hablan del Obispo de Roma como sucesor de Pedro incluso por encima del Concilio.  “Donde está Pedro, allí está la Iglesia” señala San Ambrosio, y ésta es una expresión recurrente, dado que la sede de Pedro era Roma, tal como repetía también San León Magno: “el bienaventurado apóstol Pedro no deja de presidir en su sede”, o sea, en Roma (San León Magno, Sermo V, 2: PL 54,153).

Esta doctrina fue ratificada por los concilios universales posteriores: IV de Letrán (DH 811), Florencia (DH 1307), Vaticano I (DH 3052-3075) y Vaticano II.  Así se profesa en la constitución Lumen Gentium:

“Pero para que el mismo Episcopado fuese uno solo e indiviso, puso al frente de los demás Apóstoles al bienaventurado Pedro e instituyó en la persona del mismo el principio y fundamento, perpetuo y visible, de la unidad de fe y de comunión. Esta doctrina sobre la institución, perpetuidad, poder y razón de ser del sacro primado del Romano Pontífice y de su magisterio infalible, el santo Concilio la propone nuevamente como objeto de fe inconmovible a todos los fieles, y, prosiguiendo dentro de la misma línea, se propone, ante la faz de todos, profesar y declarar la doctrina acerca de los Obispos, sucesores de los Apóstoles, los cuales, junto con el sucesor de Pedro, Vicario de Cristo y Cabeza visible de toda la Iglesia, rigen la casa del Dios vivo” (LG 18).

El desarrollo posterior, sin embargo, de las formas políticas de Europa, no tuvo ya efectos sobre la comprensión y el ejercicio del ministerio petrino. En casi todos los estados de Europa, hasta hoy, se consolidaron formas de monarquía constitucional, sociedades con estructuras federales, división y equilibrio de poderes. Lo que denominamos hoy ‘estados de derecho’, que contrastaba con la forma estructural de la Iglesia y con la forma es que se ha ejercido la autoridad. Es en este contexto, que este pontificado de Francisco, que es realmente posconciliar, está teniendo una importancia nada despreciable.

 

(1) Las siguientes reflexiones de este apartado surgen a partir de los aportes del obispo F. Ramos para el “Miércoles del INPAS” (25 de octubre 2017).

(2) Las siguientes reflexiones de este apartado surgen a partir de los aportes de la teóloga Sandra Arenas para el “Miércoles del INPAS” (25 de Octubre 2017).

(3) Las siguientes reflexiones de este apartado surgen a partir de los aportes de la teóloga Sandra Arenas para el “Miércoles del INPAS”.